Mi Década Vulnerable

Exposición colectiva curada por Dorothée Dupuis

Mi década vulnerable nombra un proceso de deconstrucción personal y profesional que comenzó hace más de diez años, cuando Dorothée Dupuis, curadora de la exposición, se trasladó a México desde Marsella, Francia, donde residía previamente. La exposición busca asimismo reconocer cómo ciertos encuentros con artistas, obras y formas de pensar el arte en América Latina —y, en este caso particular, en Colombia, país al que viaja regularmente desde 2014— han vulnerado, en un sentido transformador, la manera en que mira, trabaja y construye sus criterios como curadora. Vulnerable no como sinónimo de fragilidad pasiva, sino en el sentido más literal del término: la capacidad de ser atravesada, de dejar que algo penetre, desestabilice y reconfigure un sistema de certezas previamente sólido. Vulnerarse fue aceptar que el arte occidental —tal como lo había aprendido, heredado y reproducido— no era una matriz universal ni un centro neutro de la historia del arte, sino una construcción situada, parcial y profundamente subjetiva.

El título de la exposición, rinde homenaje a Marta Traba, una de las figuras más influyentes del pensamiento crítico sobre el arte en América Latina durante el siglo XX, y a su ensayo Dos décadas vulnerables en las artes plásticas latinoamericanas (1950–1970), en el que la crítica argentina identificó con lucidez implacable la tensión estructural entre experimentación legítima e importación acrítica de formas validadas por el Norte global. Esa tensión no pertenece solo al pasado. Hoy adopta nuevas máscaras: prácticas locales cuidadosamente marketizadas para responder a expectativas externas; gestos de diferencia convertidos en estilo; saberes encarnados transformados en valor simbólico exportable. El vaivén entre Norte y Sur —esa oscilación entre deseo de reconocimiento y rechazo de la dependencia— sigue operando como una maquinaria compleja en la que no hay, en sentido estricto, vencedores ni vencidos, sino agentes que intentan, desde posiciones desiguales, articular una voz propia. Lejos de intentar resolver esta paradoja, la exposición propone visibilizarla, jugando —aunque con seriedad— con la noción misma de “canon” artístico.

Sin constituirse como un relato autobiográfico, la exposición se configura más bien como un ejercicio de resonancia: donde el desplazamiento de Dupuis en tanto curadora europea, blanca y formada en la tradición moderna occidental, entra en fricción con las problemáticas que, desde hace décadas, atraviesan las prácticas artísticas colombianas y latinoamericanas. Las obras reunidas no ofrecen una respuesta unívoca ni un programa estético cerrado frente a ese péndulo imposible: algunas trabajan desde la fricción directa con las tendencias internacionales; otras desde la voluntad irrefrenable de desarrollar un lenguaje propio; y otras desde una reapropiación oblicua, o incluso deliberadamente opaca. A pesar de su diversidad, todas comparten una relación consciente con la experimentación entendida como necesidad, por un lado, y con la seducción —o amenaza— de la validación externa, por otro. Un humor tajante que desarma solemnidades y que Dupuis identifica como un rasgo conceptual colombiano; una relación al cuerpo atravesada por feminismos situados y saberes originarios; una atención minuciosa aunque irreverente a la materialidad y la representación del tiempo; una virtuosidad que surge, irritable, entre las imposiciones de un mundo del arte que a menudo solo permite a sus obras viajar internacionalmente en maleta.

Pertenecientes a varias generaciones, la mayoría de lxs artistas viven en Colombia, otrxs fuera en lugares como Ciudad de México, Basilea, Tulum, Roma, Róterdam, y más allá. En todos los casos, se trata de prácticas con las que la curadora mantiene una relación personal, afectiva o intelectual, o cuya obra marcó un punto de inflexión en su manera de pensar el arte contemporáneo en la región. Esta dimensión relacional reivindica la curaduría como un espacio de afinidades construidas y conversaciones prolongadas, más que como un ejercicio de validación distante. Presentar este proyecto en Sketch tiene asimismo su propia razón de ser, más allá de la amistad que Dupuis mantiene con Liz Caballero, su fundadora: reconocer que en contextos como el colombiano, donde las infraestructuras institucionales y el mercado del arte responden a condiciones económicas y políticas más fluctuantes, los espacios comerciales han asumido —con una valentía y una audacia que merece reconocimiento— un papel experimental a pesar de su precariedad estructural, fomentando comunidad y colaboración.

Si esta exposición propone algo, es quizás esto: asumir la vulnerabilidad no como un estado que hay que superar, sino como una condición que conviene habitar críticamente. En un campo artístico saturado de falsas promesas de legitimación y riqueza, reivindicar el sencillo hecho de seguir produciendo conversaciones —a pesar de las circunstancias, o más bien gracias a esas mismas circunstancias que genera la amistad— es un acto profundamente político.

Dorothée Dupuis.


My Vulnerable Decade names a process of personal and professional deconstruction that began over a decade ago, when Dorothée Dupuis, the exhibition’s curator, relocated to Mexico from Marseille, France, where she had previously been based. The exhibition also seeks to acknowledge how certain encounters with artists, artworks, and ways of thinking about art in Latin America—and, more specifically, in Colombia, a country she has regularly visited since 2014—have rendered her vulnerable in a transformative sense, reshaping how she observes, works, and constructs her curatorial criteria. Vulnerability here is not understood as passive fragility, but in its most literal sense: the capacity to be pierced, to allow something to penetrate, destabilize, and reconfigure a previously solid system of certainties. To become vulnerable meant accepting that Western art—as she had learned, inherited, and reproduced it—was neither a universal matrix nor a neutral center of art history, but rather a situated, partial, and deeply subjective construction.

The exhibition’s title pays homage to Marta Traba, one of the most influential figures in twentieth-century critical thought on Latin American art, and to her essay Two Vulnerable Decades in Latin American Visual Arts (1950–1970), in which the Argentine critic incisively identified the structural tension between legitimate experimentation and the uncritical importation of forms validated by the Global North. This tension does not belong solely to the past. Today it assumes new guises: local practices carefully marketed to meet external expectations; gestures of difference converted into style; embodied knowledges transformed into exportable symbolic value. The oscillation between North and South—that pendulum swinging between the desire for recognition and the rejection of dependency—continues to operate as a complex machinery in which there are, strictly speaking, neither winners nor losers, but rather agents attempting, from unequal positions, to articulate a voice of their own. Far from seeking to resolve this paradox, the exhibition proposes to render it visible, playfully—though with seriousness—engaging with the very notion of the artistic “canon.”

Rather than constituting an autobiographical narrative, the exhibition unfolds as an exercise in resonance: where Dupuis’s displacement as a European, white curator trained within the Western modern tradition comes into friction with the issues that have long traversed Colombian and Latin American artistic practices. The works gathered here do not offer a single answer or a closed aesthetic program in the face of this impossible pendulum: some engage directly with international trends; others emerge from an irrepressible drive to develop their own language; still others operate through oblique—or even deliberately opaque—reappropriations. Despite their diversity, all share a conscious relationship to experimentation understood as necessity on the one hand, and to the seduction—or threat—of external validation on the other. A sharp humor that dismantles solemnity, which Dupuis identifies as a conceptual trait within Colombian practices; a relation to the body shaped by situated feminisms and ancestral knowledges; a meticulous yet irreverent attention to materiality and the representation of time; a form of virtuosity that emerges, irritably, within the constraints of an art world that often only allows these works to travel internationally in a suitcase.

Spanning several generations, most of the artists live in Colombia, while others are based abroad in cities such as Mexico City, Basel, Tulum, Rome, and Rotterdam, among others. In all cases, these are practices with which the curator maintains a personal, affective, or intellectual relationship, or whose work marked a turning point in her way of thinking about contemporary art in the region. This relational dimension reclaims curating as a space of constructed affinities and sustained conversations, rather than an exercise in distant validation. Presenting this project at SKETCH Gallery also holds particular significance beyond Dupuis’s friendship with Liz Caballero, its founder: it recognizes that in contexts such as Colombia—where institutional infrastructures and the art market respond to more volatile economic and political conditions—commercial spaces have taken on, with a courage and audacity that deserve acknowledgment, an experimental role despite their structural precariousness, fostering community and collaboration.

If this exhibition proposes anything, it may be this: to embrace vulnerability not as a state to be overcome, but as a condition to be critically inhabited. In an artistic field saturated with false promises of legitimacy and wealth, reclaiming the simple act of continuing to produce conversations—despite the circumstances, or rather thanks to those very circumstances shaped by friendship—is a profoundly political gesture.

Dorothée Dupuis.